Era el tercer día laboral de la semana y el decimoctavo día de mi noveno mes de soltera –sí, así de patético-. Iba en el segundo colectivo del día camino al trabajo, aburrida y escuchando música robada de Internet cuando de repente lo vi.
Estaba parado, vestía una camisa informal, jeans y zapatos. Tenía pelo corto y pequeños rulos, manos de oficinista y ningún anillo. Era lindo, muy lindo. Por algún accidente del destino su mirada se cruzó con la mía y allí se detuvo: un segundo, dos, tres, cuatro, y frenó el colectivo de golpe. La categoría había pasado de muy lindo a espectacularmente hermoso en sólo cuatro segundos. Tenía los ojos color miel más transparentes que había visto en mi vida.
En los siguientes tres minutos de viaje cruzamos miradas unas cuatro veces más, y yo rogaba que no se bajara rápido, pero en el muchacho se acercó a la puerta de descenso y tocó timbre. El viaje se había terminado, ahora tendría que seguir sola, aburrida y sin nadie a quien mirar.
El colectivo frenó lentamente, él me miró: uno, dos, tres segundos… esbozó una sonrisa, me saludó con la mano y se bajó.
El colectivo arrancó, la sonrisa no se borró de mi rostro. Él caminó en dirección contraria al colectivo.
Algunas cosas deberían estar prohibidas por ley.
Nunca más lo volví a cruzar.
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